Caminando por las calles de París fue algo único, inspirador y de mucho Croissant. Lo primero que quise ver fue la Torre Eiffel, construida en 1889, que emocionante verla. Apenas la vi desde lo lejos, porque eso sí, se hace notar por las cuadras de su ciudad. Me acerqué a la majestuosidad de la torre construida en hierro, sentí como se me erizaba la piel, miré hacia arriba y veo la ilusión de que roza las nubes.
Me recordó a la frase ¨El cielo es el límite”.

Llena de gente creativa, que decoran las paredes con sus diferentes artes, me arrepiento de no haber tomado más fotos. Era algo inspirador pasar por sus callejones y ver su arte libremente expuesto. Vi como una ciudad podía exponer estas obras de arte en sus calles, embelleciendo toda la capital, expresando diferentes movimientos artísticos. Me recordó lo lindo de expresarnos libremente, en los callejones o en un par de medias.


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